El viento sopla fuerte, los árboles se mueven al compás de la bella melodía que se puede escuchar en el ulular del viento. Hoy la mañana se ha levantado fresca, pero es un buen día para hacer un descanso. Me siento junto a un bonito árbol con las raíces llenas de musgo y clavo la espada al lado, apoyando la espalda en el mullido colchón verde. Hacía tanto que no descansaba así... Es entonces cuando me pongo a recordar la última vez que descansé. Fue en un pueblo, hace ya mucho tiempo. No sé cuánto exactamente, he perdido la cuenta de los días y me limito a caminar y seguir adelante. Pero recuerdo muy bien mi estancia allí. Hubo varias personas que me miraron mal, como si fuera alguien muy extraño. Y quizá es cierto, no es muy normal ver a alguien como yo. Allí toda la gente vestía igual: pantalones y camisa, y las mujeres faldas de lino cortas y camisa blanca. Entonces fue cuando un niño se me puso delante y me dijo:
- Eres raro. Y la gente rara no es bienvenida.
No le dio tiempo a decir nada más, ni a mí a contestar: su madre se lo llevó del brazo sin ni siquiera mirarme a la cara. Yo estaba sorprendido y aturdido por ese "saludo".
Caminé por las calles buscando algún lugar donde pasar la noche. En todas las posadas, hoteles, casas rurales, etc. Nada. Todos me decían lo mismo después de contemplarme de arriba a abajo.
- Lo siento, está completo.
Decepcionado, decidí probar suerte una última vez. De lo contrario, me vería obligado a salir del pueblo y dormir al raso. Apenas había tocado dos veces la puerta con los nudillos cuando una mujer abrió la puerta y me miró, algo sorprendida.
- Mira Emilio- dijo entonces, visiblemente alegre y un tanto alterada.- Tenemos un cliente diferente. Pasa hijo, pasa por favor.
Entré, haciendo caso de su invitación. Todos en la posada posaban sus ojos en mí, pero no como antes. Éstos tan sólo me miraban con curiosidad, no había rechazo en ellos. Apenas había gente en ella. La mujer, a pesar de vestir como todos los demás, no parecía igual que ellos. Es más, todos los presentes parecían iguales, pero tenían algo... No sabría describirlo, pero el caso es que no eran iguales realmente.
Cuando subí a la habitación, la mujer insistió en no cobrarme nada por una noche. Y yo me senté en la cama, descansando un rato, antes de darme una buena ducha.
Pienso en todo esto mientras miro la poca luz que se filtra entre las verdes hojas del árbol. Lo que no recuerdo es el nombre del pueblo. Creo que... Empezaba por S.
Un sueñecito reparador nunca viene mal. Para una vez que consigo relajarme de verdad... Pero parece que me he pasado, el Sol está ligeramente más alto que antes. Quizá haya perdido mucho tiempo... Bueno, tampoco es que tenga mucha prisa.
Cojo mi espada y vuelvo a colgarla a mi espalda. Mientras retomo mi camino, recuerdo el nombre del pueblo. Se llamaba "Sociedad".
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