martes, 10 de junio de 2014

Ruego

Escribir... Es lo único que puedo hacer ahora. Escribir para que nadie me conteste. Escribir para que la Luna me mire silenciosa desde allí arriba, escribir para que sólo el silencio conteste a mis lamentos. Escribir... Qué irónico este momento. Trato de huir de la soledad y resulta que la busco en la pantalla de un ordenador, frente a una entrada que no sé si alguien leerá alguna vez; o quizá es ella misma la que me encuentra a mí. Me acompaña en todo momento. Entre las teclas del portátil en el cual estoy escribiendo esto, en cada nota arrancada de las cuerdas de mi guitarra o de las teclas del piano. Debe ser que estoy hecho para esto... He nacido para contar historias, cantar y tocar... Y que nadie me escuche. Me oyen, pero no me escuchan. Leen lo que escribo, pero supongo que siguen siendo sólo palabras escritas y publicadas en un mísero blog que apenas tres personas o cuatro leen, y nunca la persona que yo quiero que lo lea... Pero de alguna forma, esta soledad me sienta bien. Sigue siendo irónico, ¿verdad? Buscar la soledad para huir de la soledad.
Miro a la Luna directamente. Allí está, solemne y silenciosa. Triste, o quizá sólo es mi impresión. Supongo que cuando estás triste todo se vuelve más apagado; que cuando las lágrimas llenan tus ojos, éstas parecen estar mojando todo lo que ves. Y allí me quedo, apoyado en el alféizar de la ventana y mirando la Luna, perdido en mis pensamientos.
Es probable que, si lo ves desde una posición situada detrás de mí veas la típica escena de cine en la que el protagonista contempla el cielo nocturno y su amada, o su amigo, se acercan e inician una conversación profunda o romántica con él. Pero claro... Falta esa amada, ese amigo.
Suspiro.
Un suspiro frío y a la vez cálido. Un suspiro que parece vacío pero realmente está lleno de deseos. Un ruego silencioso en el silencio de la noche. ¿Quién va a oír eso?
Pero me da por mirar el móvil, mirar la lista de conversaciones de WhatsApp. Es en ese momento en el cual, en una de ellas pone algo que alimentaría la esperanza de cualquier otro que necesite hablar: Escribiendo...
Y es entonces cuando cierro la aplicación, desactivo los datos y me voy. De nuevo busco la soledad para huir de ella misma. Pero si no es la persona con la cual me gustaría hablar, ¿para qué iniciar una conversación inútil?
El móvil ha quedado sobre el escritorio, y yo he salido de la habitación con la guitarra en dirección al balcón. Sentado en una silla le canto a las estrellas. Es un ruego por mí, un ruego por la frialdad con que me tratan. Me pregunto, ¿qué es lo que yo he hecho para obtener esto? Debe de ser algo muy malo.
Y sin embargo, ante esta idea sonrío. Sonrío porque sé que no queda otro remedio. Las notas de la melodía se elevan hacia el cielo. Y aunque aún conservo la sonrisa en mi rostro, una fina lágrima recorre mi mejilla.

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