miércoles, 11 de junio de 2014

El batir de las alas negras

Tengo ante mí la carta. Si antes lo dudaba, ahora ya lo sé seguro. No vendrá. Enfadado, y no sé si es conmigo mismo o con ella, tiro la carta. No sé cómo, y no me importa tampoco, lanzo una bola de fuego contra ella con la mano izquierda y la carta echa a arder instantáneamente. Cuando llega al suelo no es más que un montón de ceniza. Y yo ya no soy yo. De nuevo, las alas negras adornan mi espalda y mi espada ha adquirido el color negro del azabache. Sonriendo con maldad sin saber el por qué, me elevo sobre las copas de los árboles. Sí... Vuelvo a ser un ángel oscuro, un ser sin sentimientos, ni luz ni oscuridad. El perfecto equilibrio entre el bien... Y el mal.
Una flecha sale de la nada. La esquivo por poco y miro al suelo. Allí, entre los árboles, hay dos arqueros humanos. Cabreado me lanzo directo hacia ellos. ¿Dos simples humanos creen que pueden atacar a un ser claramente superior? No lo toleraré.
Posando lentamente los pies en el suelo observo sus caras de pavor. Uno de ellos me apunta con el arco cargado. Sonrío de nuevo.
- Sois muy estúpidos, o muy valientes- las palabras me salen solas.- O bien creéis que vuestra hora ha llegado y no sabéis cómo morir. Deberíais sentiros honrados- desenvaino mi espada negra.- Tranquilos, no va conmigo el hacer sufrir a la gente. A pesar de mi oscuro aspecto, no soy malvado. Pero sí rencoroso.
El arquero suelta la flecha, que vuela hacia mí directamente... Y la atrapo entre mis dedos índice y pulgar, negando con la cabeza. Sonrío con frialdad, viendo que ambos cargan flechas en sus arcos.
- Os advierto, puedo perdonaros la vida hasta en dos ocasiones. Pero, si lanzáis esas flechas, estáis muertos.
Antes de que terminara esas palabras, soltaron decididos las flechas. Suspiro y me concentro vagamente. Al instante, aparezco delante de ellos envuelto en un fugaz destello luminoso. Lanzo mi espada hacia delante en una estocada implacable y atravieso al mayor de los dos. Con los ojos muy abiertos, me mira sorprendido y agonizante. En apenas unos segundos, sus ojos pierden todo el brillo mientras el más joven me mira incrédulo y horrorizado. Extraigo la espada y dejo caer el cuerpo sin vida. Como recuperando la conciencia de sí mismo, el otro arquero echa a correr.
- Tss...
Alzando mi mano, le apunto directamente. La negrura total le envuelve y mi espada negra reluce con una brillante luz. Al momento, siete arcos de luz casi simultáneos rodean al chico mientras me coloco tras él. El paisaje vuelve a la normalidad y el chico, inmóvil, cae de rodillas. En ese mismo instante me vuelvo y veo cómo su cuerpo se divide en varios trozos envueltos en sangre que sale a borbotones de todas ellas.
Es en estos momentos cuando mi parte de demonio se ríe en mi interior. Mi nombre es Kareth Dylan, señor de la luz y rey de la oscuridad. Mi trabajo es mantener el equilibrio entre ambas. No soy bondadoso, no soy malvado. Soy justo. Y quienes me atacan... Lo pagan muy caro.
Mi ira se ha aplacado. Ya no me importa que ella no venga. Porque yo seguiré esperando. No aquí, por supuesto. Seguiré esperando mientras prosigo mi viaje. Y proseguiré mi viaje sin más compañía que el batir de estas alas. El batir de las alas negras.

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