Despierto sobresaltado. De nuevo, una pesadilla. Espero un rato para que mi corazón se calme y miro alrededor. Todo está en calma, y todo sigue igual. Suspiro y pienso que no sé qué es lo que prefiero, si una pesadilla terrible o una realidad dolorosa.
Esta tensión que siento nunca desaparece... Continuamente vivo con una opresión en mi pecho que mitigo a veces gracias a otras personas... Pero no se va. ¿Por qué? Hay elecciones que resultan muy sencillas, pero otras... Sonrío con pena. Otras son tan dolorosas y tan horribles...
Prefiero no pensar, pero parece que no depende de mí. Mi cerebro se obstina en hacerme una y otra vez regresar a ello. ¿Para qué? Yo ya tomé mi decisión. El resto no es cosa mía. Pero mi cerebro no atiende a razones. Y mi corazón sufre por ello.
Me llevo las manos a la cabeza y trato de sacudir mis pensamientos. Pero el resultado es el mismo. Salgo de casa y me dejo guiar por mis pies, tratando de alejar todo de mí. Una máscara de indiferencia cubre mi rostro. Pero en mi interior todo está tan agitado que parece un huracán. Y duele.
Necesito centrar mi atención en otras cosas...
El coche está cerca y las llaves en mi mano. Sonrío una vez más con pena y meto la guitarra en el. Nada más apagarse la luz de los calentadores, acciono el arranque y a la primera el motor ronronea, como si estuviera a gusto con mi presencia. Eso me hace feliz... Momentáneamente.
Desde lo más oscuro del corazón hasta la más bella luz interior. Allí se esconde el ángel oscuro, en el que se funden luz y oscuridad.
miércoles, 11 de junio de 2014
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