lunes, 2 de diciembre de 2013

Paisajes

Un silencio tan sólo roto por el susurro del agua. Un arroyo fluye entre las rocas y las altas briznas de hierba que crecen bajo los pequeños y jóvenes árboles en una diminuta isla separada del camino por el agua, con apenas cinco dedos de profundidad y poco más de 40 centímetros de anchura. Pero ese minúsculo trozo de tierra es suficiente para que esos árboles arraiguen y sobresalgan entre la marea de piedras y la débil corriente de agua que más adelante forma un pequeño estanque natural. Las verdes hojas bailan al son de la suave brisa con alegría bajo el abrasador sol veraniego, pero la espesa copa de los árboles sigue produciendo sombra a este remanso de paz en que me encuentro. Tumbado, con los ojos cerrados y la mente en blanco, me limito a escuchar el arrullo del agua dejando que fluya en mi interior, calmando mi ser como las fuentes calman la sed de aquellos que se atreven a pasear en este tiempo. El mismo riachuelo parece formar parte de mi cuerpo a pesar de no tocarme siquiera, pero mi espíritu en calma se deja llevar por la corriente pausada y constante. Las voces de mis amigos, jugando a las cartas al otro lado del arroyo parecen tan lejanas que ni siquiera las escucho. Sorprendiéndome a mí mismo, sonrío. No como todos los días, no con esa sonrisa forzada que trata de fingir que todo está bien y que no me pasa nada tratando de que no se preocupen por mí para que no tengan en qué pensar. Es una sonrisa sincera, de esas que sólo se suceden en momentos de felicidad pura y verdadera. Agradezco este descanso, este momento de paz y serenidad en que los elementos me ayudan a encontrarme a mí mismo. De nuevo sonrío. No quiero abrir los ojos, pues es más bello lo que percibo con mi propio pensamiento que cualquier cosa que pueda encontrarme en la realidad. No, aquí se está bien. Bueno, supongo que no puede durar eternamente. La voz de una querida amiga me saca de mi nirvana.
- David, ¿estás bien? ¿Te pasa algo?
Me limito a sonreír, abriendo los ojos y mirando en dirección a mis amigos. Solo ella me está mirando con expresión preocupada. Y yo, con esa misma sonrisa, asiento.
- No te imaginas lo bien que me encuentro- añado en voz baja, volviendo a tumbarme sobre la tierra y cerrando de nuevo los ojos.
Sin perder la sonrisa, prosigo con esa inmersión en los ríos de paz cuyo sonido inalterable trae memorias de tiempos remotos. Es el sonido más antiguo de la Tierra, el sonido que menos ha sido modificado. El sonido de los elementos desde el principio de los tiempos. Es el sonido de la naturaleza, el sonido de la felicidad y la paz el motivo de esta sonrisa que parece tan estúpida y lo seguirá pareciendo a aquellos que no valoran los pequeños placeres de la vida.

Cascada del Diablo
Villanueva de la Vera (Cáceres)

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