Se ha acabado la espera. Sí, está claro... Ella ha llegado.
Al verla no puedo evitar mostrar una gran sonrisa. La primavera llega a su paso y tras ella despunta el alba. La cálida y reconfortante luz del Sol destierra ese frío de mí.
Apenas puedo contener las lágrimas en mis ojos de la emoción, pero ella sonríe y me mira divertida, como si yo no fuera el monstruo que soy, con estas alas y espada negras a la espalda; estos tatuajes oscuros que cruzan mi cuerpo como maldiciones; estos ojos rojos como sangre y este pelo azabache... Pero ella me mira con cariño y diversión, como si no fuera más que un disfraz tras el cual se esconde una persona querida, como si fuera Halloween o Carnaval. Y ahí está, mirándome con esos ojos cálidos y reconfortantes y tendiéndome ambas manos.
No puedo, no... No soy digno de tal regalo. No me merezco esto, no me merezco esta luz después de todo el mal que he hecho. Y sin embargo ahí está ella, y yo dudando y plantado delante de ella sin saber cómo reaccionar...
Y mis dudas desaparecen con su contacto. La cálida sensación se extiende por todo mi cuerpo. Noto la luz en mi interior, noto la maldición desaparecer por completo. Mis alas se vuelven blancas y la espada se funde en oro y plata. Mis ojos... Mis ojos ya no son rojos. Ya no veo el mundo con odio, por eso lo sé. Mi pelo ya no es negro...
¿Éste soy yo? ¿Es este el poder que esta dama blanca me concede? Ya nada importa porque ella está conmigo.
Y sonrío.
Sonrío porque ella me ha dado esto. Ella me ha dado la fuerza para afrontar todo lo que hice... Para perdonarme a mí mismo. Ella me ha dado el corazón que perdí sin tan siquiera darme cuenta. Ella me ha dado la espada dorada para luchar, y lucharé.
Sonrío porque ella me dio todo eso... Pero sobre todo porque ella me dio su amor.
Desde lo más oscuro del corazón hasta la más bella luz interior. Allí se esconde el ángel oscuro, en el que se funden luz y oscuridad.
martes, 3 de marzo de 2015
Fuerza, corazón, espada
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