martes, 18 de octubre de 2011

Un recuerdo y un instante

Lo era todo para mí. Entonces... ¿Por qué se fue? Ni siquiera se despidió. Simplemente se esfumó. Se esfumó, disipada con el humo desaparece en el aire, como el viento que se lleva los susurros que nunca acaban de salir de la boca de alguien que no se atreve a expresarlo. Desapareció, como la gota que quería llegar al mar y sin quererlo acabó en la seca arena de la playa. Cayó en el frío vacío del olvido eterno, se desvaneció como la lágrima furtiva que cae por tu mejilla revelando tu tristeza infinita. Se fue, sí. Se fue.
Ahora maldigo mi suerte. Abandonado a mi suerte, perdido en un bosque en que se juntan las lágrimas y la lluvia entre los árboles de mis pensamientos, cuyas hojas tejen una maraña por las que raras veces se abre paso la luz del Sol. Las nubes grises descargan su furia sobre mí, apartado a un lado del camino que creo adivinar entre los gigantescos troncos, agazapado entre las sombras sin encontrar ni tan siquiera una cueva, un agujero que me cobije de las frías garras de la lluvia. Con una rodilla en tierra y sin fuerzas para levantarme, ambas manos apoyadas en el fango tratando de sostenerme en esa posición, tratando de que no me fallen para no acabar allí tumbado.
Ella se fue, como el sonido de un trueno a lo lejos.
Mi cara está mojada por mis lágrimas y por las gotas de lluvia.
Sí, ella se fue... como la tormenta se irá cuando llegue la mañana.

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